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OBRA DEL MES - JUNIO 2012

JUNIO  2012

Invitado:         Fernando Segovia
Obra elegida:  EL CREADOR, 1966
       Finales de los años sesenta. Un realismo que ya se fragmenta en Mateos para parecerse más aún a la naturaleza bien agreste y salvaje.
La figura de la que parte no es casi más que simple pretexto para asemejar en sus texturas a rocas y materias azotadas por la erosión de siglos y siglos.
Hay una forma real detrás y es evidente todavía. Se aprecian rasgos de una cara estilizada, enjuta, de expresión facial inescrutable, pero de gesto firme, altivo, de hombre-creador o de creador hecho humano. Pudiera ser el dios-hombre marcado a fuego por las liturgias de nuestra cultura. O un dios-hombre amerindio, medio salvaje y lejano. 
No lo sabemos bien (quizás nunca lo sepamos ya).
Pero, antes de todo, textura material y rugosa. Bien real. Atrapada desde cualquier acantilado perdido, azotado por el mar o sólo por el viento y la lluvia. O al pie de algún volcán.
Pero real, bien real. El aire, la lluvia o la lava que ha podido erosionar y transformar.
El tiempo detrás de sí. Y por encima de todo la intención del escultor por deshacer. Por reducir la realidad representada al mínimo posible del reconocimiento. Y otorgarle realidad concreta de piedra de acantilado. Casi de materia pura. De naturaleza pura.
     Y entre todo eso, algo medio real, medio imaginado.  Un rostro duro, esculpido por los siglos (o por el escultor, que viene a ser lo mismo).  Un dios o el dios.  Ojos profundos que no adivinamos adónde miran.  Altivez eterna de civilizaciones forjadas en la dureza.  Desde la piedra, desde la lava.  Por el agua o el viento o el fuego.
Y desde la razón.  La razón medida.  La razón del propio escultor en su camino hacia lo más puro y lo más simple.  Hacia el movimiento inverosímil de las moles de granito y hormigón (hacia todos los movimientos posibles).
Detenerse en el espacio y el tiempo para observar y estudiar la dura mirada del dios creador.  Y confundirlo con la mirada del mismo Ángel.  Con la altivez rocosa del propio escultor aún joven.  El Ángel creador y moldeador de rocas y poliedros de hormigón.  Del creador-escultor sacado de un paisaje tan duro (y tan grato) como su Villavieja.
Aupado su retrato de entre todas las rocas posibles de la tierra dura.  Y además azotado por el mar ya seco y la lava de los volcanes apagados. Para hacerse tótem eterno.  Y reflejo de si mismo.
      Mucho de misterio y también de real quedó atrapado en esas formas. De religioso y profano a la vez.  Piedra construida, modelada pulcramente.  La lucha brutal del hombre y la piedra (esa lucha siempre eterna).  Toda la dureza y la constancia creadora de un escultor vocacional. Puro. Decidido. Y seguro. Siempre creándose a si mismo. Y (posiblemente) imperecedero.
Fernando Segovia Hernández.
Profesor de Dibujo en la Facultad de Belllas Artes de la Universidad de Salamanca

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