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OBRA DEL MES - OCTUBRE 2012

OCTUBRE  2012


Invitado:           Manuel Santiago Martín Bueno
Obra elegida:    TORSIÓN II, 1979



LA PLENITUD DEL ESPACIO
Escribía el otro día Alén que la extensa obra escultórica de Ángel Mateos no podría comprenderse sin un rasgo fundamental: su coherencia radical. En esta trayectoria, que es a la vez peripecia vital, también yo descubrí y aprecié enseguida esa misma condición descrita, que verdaderamente perfila a un hombre irrenunciable con sus principios éticos y humanos y que es consecuente con sus propuestas artísticas. Un hombre que no quiso subir peldaños ni progresar si ello aparejaba la desmemoria (¡qué paradoja!) de sus orígenes, siempre en el recuerdo agradecido a sus antepasados.

    Saltando hacia atrás en el tiempo, vi a un niño encaramado en los peñascales de Villavieja; y lo vi después, ya adolescente, tallando su primera obrita (una virgen María, quizá) para la hornacina vacía de una ermita rural mientras su padre restauraba la cantería del templo. He visto todo eso porque el hombre que siempre supo quién era, hecho ya artista, lo contaba con emoción: “Yo soy ese niño”. Hace algunos años, a través de una pantalla de televisión, lo observé de nuevo recibiendo un gran homenaje público. Estaba junto a otros galardonados, rodeado de personalidades de la cultura y de la política también de familiares y amigos y aunque no tuvo ocasión de hablar les dijo a todos ellos con su mirada: “Yo soy ese niño”.
La torsión solida  
     El hombre enérgico y radical hizo esculturas rotundas y esenciales, ancladas al suelo y trazadas en el espacio. Voy a detenerme ante una de ellas, que a mi juicio define bien al artista y a esas cualidades escuetamente descritas hasta aquí. Se trata de una construcción pensada para unas proporciones monumentales, como otras muchas del autor, que no llegó a fraguarse como tal después de promesas incumplidas, pero sí quedó plasmada en un prototipo que puede admirarse en el museo de Doñinos.
. Fueron años difíciles para el país y el artista se esforzaba en transmitir una sensación irrevocable de serenidad y sosiego, que más adelante quiso ahondar también en sus monumentos para una democracia. Aunque el resultado en verdad trasciende mucho más allá de una elemental interpretación política de la pos-transición, cual pudiera ser la de poner punto y final a la barbarie anterior.
    Dejémonos de historias y vayamos a lo sustancial: estamos hablando de una torsión de verticalidad apabullante y sólida, pero sutil; de una obra perdón por la cursilada de madurez, porque si bien es cierto que de todos sus trabajos anteriores extraía Mateos los supuestos que iban dando pie a cada una de sus obras sucesivas, en ésta que nos ocupa se aprecia mejor, en mi opinión, el final de un camino largo y dificultoso que conduce a la plenitud del espacio y el volumen, que son las dos constantes objetivas que marcan el desarrollo de toda su producción.
     A la rocosidad de los acantilados y el equilibrio de los dólmenes, les sucedieron los cubos, las flexiones y los menhires, apreciándose en cada uno de esos estadios una mayor complejidad central en la unión de sus diferentes elementos compositivos. Éstos se desplazaron luego en altura en las inversiones y los pilonos y también en la horizontalidad de las ménsulas y los pórticos, para llegar a la pureza lineal y vertical de los neolitos y, sobre todo, de los obeliscos y las torsiones, y entre estas últimas la que nos ocupa en particular.
     Esta torsión introduce en la relación con el medio que espontáneamente pudiera acogerla (Salamanca soñada) un lenguaje de mayor simplicidad y contundencia. Las líneas y los volúmenes serían capaces aquí de afianzarse casi en cualquier entorno real. Si fuera levantada en medio de un campo de centeno, con el limpio horizonte granítico de las sierras salmantinas o abulenses (las cumbres de Gredos, que asemejo a la naturaleza de sus primeras obras) como fondo, su belleza intrínseca se mimetizaría con la planicie y la lejanía. Y lo mismo iba a ocurrir si ese perfil de hormigón, tan auténtico en su desnudez y textura, apareciera asediado por los edificios, los viales y los vehículos que circundan el contorno de cualquier rotonda urbana.
     Es una escultura robusta en su misma ligereza conceptual; esbelta y prolongada como la sombra que produciría sobre ella el sol del ocaso; natural por la suave rugosidad táctil de una piel fraguada en el armazón de la madera. Con ella, Ángel Mateos dio además un expresivo paso adelante, que había dejado vislumbrar en ocasiones anteriores, depurando las formas hasta conseguir una obra de acentuado carácter arquitectónico y monumental, dos atributos que definitivamente identificarán ya toda su producción artística. Una escultura en toda su perfección estructural que permanece inalterable a nuestros ojos mientras los escenarios que enmarcan el tiempo y el espacio discurren sobre ella.
Manuel Martín Bueno

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